Reversión

Reflexiones de un colombiano en relatos, prosas, versos y textos que quienquiera me puede recibir, que quiero compartir un poco. Si obtienes algún deleite, o experimentas alguna complicidad, puedes escribir un comentario.

26

de
Diciembre

Nocturno

La noche sobrevino.

La noche sobrevino.

La noche sobrevino.

Segundo, otro segundo, un segundo.

Diástole y diástole…;

que camina la noche comandando su reloj

que palpita y palpita ridículamente.

Somos felices -noche y campana-

ahora:

Tú que presumes noche,

yo que presumo campanazo

y fuerza secular.

Sola: solo. Y planos:

mi única cómplice.

Yo me amo y me suicido cada noche,

cada día, cada rato;

para estar plano contigo, Noche,

plano como tú y el día;

como el tiempo;

para estar ridículo pero contento.

Noche: creo que soy inteligente,

creo que sé la noche y el día,

creo empezar a saberme

y creo la fútil campana

como mi diosa particular.

Quiero este poema como latidos y celebración

nocturna o de la noche.

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22

de
Diciembre

Perplejo

II

Tu eres carne y hueso, y matriz orgánica

y magnética y amante, y poro

exhalante ineluctable que pasó

y dejó mi soledad flagrante.

Tu eres carne y hueso y trabazón orgánica,

y lenguaje conocido e inexplicable,

y piel presente e ineluctable y evidente.

Tu eres carne y hueso y piel blanca

y un silencio y sonrisa inexplicable.

Tu eres gesto silente y pronunciado,

amañado en un ardor insospechado.

Tu eres carne y hueso breves y esquivos,

seducientes, comitivos, inducientes,

sugestivos y desesperantemente magnéticos.

Tu eres carne y hueso

insospechados en su peso

y esfumados en el parpadeo

y pesantes en las ausencias

y pesantes en las presencias

y breves y ligeros y esquivos

e inexplicablemente relevantes.

Tu eres carne.

Y hueso.

Orgánica.

E inexplicable.

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22

de
Diciembre

Amigos:

Aquí vienen fluyendo las quietudes en remansos,

seduciendo un sendero,

cambiando la posada perfecta e hilarante.

Temo tumbarte la casa, el portillo y la alameda

con cosas inestables

¡hola! ¿cómo pasas? ¿cómo quedas?

Sé fuente primeriza con tumbos pasos

anegando el llano

como no queriendo y no pudiendo y no sabiendo

a qué viene lo uno y lo otro.

¿Encontrarnos al final? No importa.

Porque nada importa. Sino un amparo

que tiene el exterior en cosas simples,

en futilezas que imperceptiblemente

erosionan internas entropías.

Sucumbir en la tensión inexorable

es ya aliviar la opresión en la voluntad,

es y fue inercia disipada

como fuerza floja emancipada.

Amigos, no caminar sino que caminar;

pudiendo hacerlo no hacerlo

y esclavizar la conciencia

al trance amargo de la ausencia,

de la soledad,

del vacío

… y esto es importante porque nada más lo es.

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22

de
Diciembre

Soy

(El título es en cursiva)

Vamos a tomar algo ligero

como un trago de jugo de dulzor morigerado,

tomar un trago y danzar

con sorpresa.

Pudiera desatarme un triz,

rondar esta ciudad,

tomar el trago y el sereno ante la luna,

respirar el dióxido de carbono,

sentir en mi escucha la bulla,

mimetizarme con las pugnas

y ser

… no negar la vida

que la dislexia de la inercia

me oculta.

No negarla

por el imperio que acá ataca

y seduce fuertemente.

Fue una confusión.

No pude evitar dejarme.

Pero ya voy desilusionándome.

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22

de
Diciembre

El Energúmeno y el Fritanguero Entrega I

Si recorremos las calles de Medellín el día que les toca la recolección de basura, podemos observar, como perros hambrientos, recicladores más o menos hábiles y selectivos zigzagueando y urgando de bolsa en bolsa con un impudor que envidiaría el más ambicioso estoico. Los carros de rodillos, costales de varias calidades o la ausencia de estos y aquellos indican otra forma de estratos dentro de la miseria, alegran nuevos matices en las subjerarquías infrahumanas. Con la jornada avanza también el deterioro de los paquetes y del cariz urbano, sufriéndose en los sectores más descuidados un derramamiento de vertedero, como si las polutas, hollinientas y herrumbrosas calles vomitaran; el centro de la ciudad parece una letrina ciclópea sólo transitable con el endurecimiento que da la costumbre.

Podríamos descender un último peldaño, hay aún un estrato. Son unos pobres miserables que pasan tirados en medio de las aceras como cadaveres, ahítos y transidos de sacol; renegridos y fétidos, como culminación cenital de la inmundicia urbana y, si cabe, humana.

Uno de estos pobres hombres brindaba un espectáculo singularmente grotesco, contorcido en los andenes más infestados de desechos; en grumos mugrientos e irregulares unos retorcijones que titubeo para llamar pelo y barba, rapados por el mismo aquí y allá, en chambas zanjadas en sus desvaríos y afición por las cuchillas de afeitar desechadas; pinturreteado con lo que encontraba —cosméticos, harinas, tierra—; cuando despierto siempre la mirada fija, perdida, con un brillo desteñido y difuso, cual si la retina consistiera en un velo de sangre espesa concentrado allí por la yerba; ya una sonrisa, ya un gesto seco, pero siempre inmutable su semblante.

Un energúmeno así y Jesucristo hubiera perdido su entereza y nada habrían lamentado los porqueros gerasenos.

Pocos resistían acercársele, por lo ingrato a los sentidos de su cercanía; en muchos provocaba además cierto temor. Sólo algunos comerciantes de la zona soportaban su repelencia, le conminaban para que se regenerara y le soltaban cualquier sobrado o trago de agua, precipitadamente, acosándolo para que despejara, conjurando su imagen comercialmente indeseable… Quien era una excepción a estas actitudes trabajaba un carro en una esquina —en la cuadra de los talleres de mecánica—; ventrudo y chaparro, y con un mostacho negro, enmarañado y frondoso. Velaba por el cumplimiento del rollizo régimen mecaniquil de ley a punta de chicharrones, chunchurria, chorizos y otras carnes acompañadas de arepas, patacones, papas, tozineta… que freía indistintamente y untaba con generosa mantequilla y salsas y lonjas de queso fundidas en más mantequilla. El grasiento fritanguero y su grasienta clientela —el uno por su cocina, por sus motores los otros— carecían de los escrúpulos del resto de la vecindad y bienpagaban el jolgorio que formaban con el energúmeno proveyendo la base de su dieta de pervivencia. Sus juegos y chanzas casi nunca pasaban de la pueril acicaladura, como si fuera una muñeca, del raquítico esperpento, quien malvestíase ceremoniosamente los pintorescos harapos desechados por las hijas y esposas de aquellos, malcubriéndose con los de las primeras, enredándose entre los de las últimas; quien se pinturreaba y embadurnaba con lo que fuera que pusieran en sus manos —el betún y el pintalabios era una combinación singularmente jocunda—. No obstante, de cuando en cuando, cuando los más moderados del concurso faltaban, asímismo la alegría revestía cierta pueril crueldad; como entregarle excrementos caninos o inducirlo a particpar de algún juego peligroso, que entre peor librado le dejaba, mayor algazara levantaba.

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22

de
Diciembre

El Energúmeno y el Fritanguero Entrega II

Precisamente en una de estas ocaciones el energúmeno estaba inusualmente elocuente —acaso debido a algunos últimos días sin estimulantes—. Su voz era casi un susurro y repetía dos o tres veces la misma idea, pero podía llegar a sostener una conversación sencilla

—Oíste, ¿vos cómo te llamás? —preguntaba en tanto uno de los mecánicos; mientras ensañaba sus sarrosas muelas en un buen pedazo de chunchurria acompañada de su respectiva arepa— ¿Que si tenés nombre?, ¿que cómo te llamás? —le repetía, salpicándole en la cara trozos de comida al vérsela confundida y pasmada.

—No me acuerdo —respondió de repente, inmutable, parsimonioso, en inaudible volúmen; carraspeó y repitió—… No me acuerdo.

Su interlocutor, que se inclinaba para oírlo, voceó la contestación, sembrando unánimes carcajadas. El fritanguero, cuando el barullo se había aquietado, aprovechó la sobriedad del energúmeno para conocerle mejor:

—¿Y no se acuerda de donde viene usted, de donde nació…?

(Expectación… un poco de impaciencia)

—Me trajeron —vacilaba con su gesto de idiota—… me trajeron de una vereda —parsimoniosamente contestaba y repetía varias veces, más y más fuerte; todos anudaban las lenguas; se paralizaban las mandíbulas, dentro los bocados intritos. Ni aun así oían, y los más cercanos y mejor dotados de escucha tenían que propalar luego la vocecilla.

Sin embargo la curiosidad era general y la lentitud y debilidad de las respuestas la caldeaban antes que provocar desespero.

—¿Sí?¿Cúal? —proseguía el fritanguero.

(…)

—Concordia… cerquita del Peñol —(bis… bis.).

—¿Y dejó usté familia por allá?

(…)

—Vengo de un orfanato —(bis… bis.).

—Aaaah…¿O sea que vos no conocés a tu mamá?

(…)

—No —se leyó claramente en los labios del pobre una única vez, girando a un lado… y al otro su cabeza, en señal de negación.

El fritanguero, muy ocurrente, arrapó, amarrando esto y aquello, la oportunida de surtir de algazara harta como tal vez no se diera antes. Inclinó la conversación:

—Pero en el orfanato deben saber cómo te llamás vos y hasta dónde está tu mamá… allá deben manejar esa información.

(…)

—¿Sí? —se pudo oir remotamente al azorado energúmeno. Luego le preguntó el fritanguero:

—¿Por qué no vas y mirás?

(…)

—¿Cómo? —(bis… bis.).

El corro mecaniquil, ilusionándose, atizando el lance, exclamó sus acicates alternativamente:

—¡Quién quita que consigás por allá a la familia y un techo y comida!

—O al menos pedís tus papeles, que eso es muy triste no saber ni cómo se llama uno.

—¡Sí! Y además la gente por ahí vive muy aburrida con vos… Hasta te salen dañando si seguís por aquí.

—¿Y a usté no se lo llevan cada ratico pa’la carcel por no tener papeles… y a las patadas? Vaya y los pide, pa’que esos tombos no lo jodan más. Nosotros mismos lo llevamos a la terminal y lo montamos en la flota.

Por el estilo las acometidas se extendieron hasta que el azorado energúmeno fue entendiendo claramente el concejo y hasta que, sin mudar su inmutable semblante, con el hilo sólito de voz, aceptó.

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22

de
Diciembre

El Energúmeno y el Fritanguero Entrega III

La jocunda comitiva no vaciló en bajar las ruidosas persianas de sus talleres; el fritanguero, ausente su clientela, tuvo aún menos obstáculo para hacer otro tanto guardando su carro. A propósito —en consonancia con las circunstancias— se hallaba en los talleres colorida chiva cuyo encargado sin pensárselo arrancó, en su animación, sin esperar a nadie; a cuyo techo encaramaron precipitadamente al pasajero de honor, como a un bulto de papa, en el exceso de emoción y la inconsideración de su flaqueza. Ellos montaron y asomaron a los destapados flancos, vitoreándolo, riendo hasta el paroxismo ante los zarandeos de la chiva, viendo cómo el energúmeno no hallaba asidero; alentando gran bulla a lo largo del trayecto.

—¡Chúcele!… ¡chúcele! —era el cruel estribillo con que acuciaban al chofer; el cual de hecho lo hizo, al columbrar el faro amarillo del semáforo iluminado; cogiéndole el giro a siniestra algo de ventaja. Detrás, también aceleró el camión doble-troque que les sucedía (que cruzó el semáforo ya con algunos segundos alumbrando rojo) y que, ya por exceso de velocidad, ya por distracción de su chofer, frenó sólo cuando la totalidad de sus llantas siniestras habían quebrantado y resquebrajado las febles costillas del siniestrado energúmeno, ofreciendo la más vomitiva y ofensiva de las plastas a la desaforada y horrorizada tripulación de la chiva.

Cuando llegó al hospital su estado era crónico, su vida pendía de un hilo. Poco pudieron hacer los doctores al respecto. Consiguieron, sí, cierta endeble y vagarosa estabilidad y devolverle la conciencia al paciente que, cuadrapléjico y extremadamente delicado, quedó postrado indefinidamente en las camas del hospital, en la incertidumbre en cuanto al cuándo de la llegada de su definitivo momento. Lo más irónico, epiloguemos, fue que en verdad consiguió techo… y comida… y una “madre”… en la grasienta cofradía, que hubo de costearle el hospital y de visitarle y agasajarle a diario como pudo —acaso forzada por lo dramático del accidente y la horrorosa impresión con que indeleble la había marcado—.

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22

de
Diciembre

Por los amables hombres

Él es muy cariñoso,

hasta la sorpresa,

hasta la lujuria,

hasta la intimidación…

Qué desorden del afecto,

qué distorsión

mira desde mis cuencas.

Por ser generoso

o solidario

yo tendría la razón.

Amor,

sabe lo que me trepa pierna arriba,

la discordia o un somero

vaho de desamor;

tímido pido mil disculpas

por la anarquía:

si eso es esto

¿qué más da?

La anarquía fuera favorable:

la voluntad lo fuera;

azahar pomposo

en el tobillo terso;

quemaría esta tristeza

y te daría

de beneplácito el rostro.

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