La noche sobrevino.
La noche sobrevino.
La noche sobrevino.
Segundo, otro segundo, un segundo.
Diástole y diástole...;
que camina la noche comandando su reloj
que palpita y palpita ridículamente.
Somos felices -noche y campana-
ahora:
Tú que presumes noche,
yo que presumo campanazo
y fuerza secular.
Sola: solo. Y planos:
mi única cómplice.
Yo me amo y me suicido cada noche,
cada día, cada rato;
para estar plano contigo, Noche,
plano como tú y el día;
como el tiempo;
para estar ridículo pero contento.
Noche: creo que soy inteligente,
creo que sé la noche y el día,
creo empezar a saberme
y creo la fútil campana
como mi diosa particular.
Quiero este poema como latidos y celebración
nocturna o de la noche.
Tu eres carne y hueso, y matriz orgánica
y magnética y amante, y poro
exhalante ineluctable que pasó
y dejó mi soledad flagrante.
Tu eres carne y hueso y trabazón orgánica,
y lenguaje conocido e inexplicable,
y piel presente e ineluctable y evidente.
Tu eres carne y hueso y piel blanca
y un silencio y sonrisa inexplicable.
Tu eres gesto silente y pronunciado,
amañado en un ardor insospechado.
Tu eres carne y hueso breves y esquivos,
seducientes, comitivos, inducientes,
sugestivos y desesperantemente magnéticos.
Tu eres carne y hueso
insospechados en su peso
y esfumados en el parpadeo
y pesantes en las ausencias
y pesantes en las presencias
y breves y ligeros y esquivos
e inexplicablemente relevantes.
Tu eres carne.
Y hueso.
Orgánica.
E inexplicable.
Aquí vienen fluyendo las quietudes en remansos,
seduciendo un sendero,
cambiando la posada perfecta e hilarante.
Temo tumbarte la casa, el portillo y la alameda
con cosas inestables
¡hola! ¿cómo pasas? ¿cómo quedas?
Sé fuente primeriza con tumbos pasos
anegando el llano
como no queriendo y no pudiendo y no sabiendo
a qué viene lo uno y lo otro.
¿Encontrarnos al final? No importa.
Porque nada importa. Sino un amparo
que tiene el exterior en cosas simples,
en futilezas que imperceptiblemente
erosionan internas entropías.
Sucumbir en la tensión inexorable
es ya aliviar la opresión en la voluntad,
es y fue inercia disipada
como fuerza floja emancipada.
Amigos, no caminar sino que caminar;
pudiendo hacerlo no hacerlo
y esclavizar la conciencia
al trance amargo de la ausencia,
de la soledad,
del vacío
... y esto es importante porque nada más lo es.
(El título es en cursiva)
Vamos a tomar algo ligero
como un trago de jugo de dulzor morigerado,
tomar un trago y danzar
con sorpresa.
Pudiera desatarme un triz,
rondar esta ciudad,
tomar el trago y el sereno ante la luna,
respirar el dióxido de carbono,
sentir en mi escucha la bulla,
mimetizarme con las pugnas
y ser
... no negar la vida
que la dislexia de la inercia
me oculta.
No negarla
por el imperio que acá ataca
y seduce fuertemente.
Fue una confusión.
No pude evitar dejarme.
Pero ya voy desilusionándome.
Si recorremos las calles de Medellín el día que les toca la recolección de basura, podemos observar, como perros hambrientos, recicladores más o menos hábiles y selectivos zigzagueando y urgando de bolsa en bolsa con un impudor que envidiaría el más ambicioso estoico. Los carros de rodillos, costales de varias calidades o la ausencia de estos y aquellos indican otra forma de estratos dentro de la miseria, alegran nuevos matices en las subjerarquías infrahumanas. Con la jornada avanza también el deterioro de los paquetes y del cariz urbano, sufriéndose en los sectores más descuidados un derramamiento de vertedero, como si las polutas, hollinientas y herrumbrosas calles vomitaran; el centro de la ciudad parece una letrina ciclópea sólo transitable con el endurecimiento que da la costumbre.
Podríamos descender un último peldaño, hay aún un estrato. Son unos pobres miserables que pasan tirados en medio de las aceras como cadaveres, ahítos y transidos de sacol; renegridos y fétidos, como culminación cenital de la inmundicia urbana y, si cabe, humana.
Uno de estos pobres hombres brindaba un espectáculo singularmente grotesco, contorcido en los andenes más infestados de desechos; en grumos mugrientos e irregulares unos retorcijones que titubeo para llamar pelo y barba, rapados por el mismo aquí y allá, en chambas zanjadas en sus desvaríos y afición por las cuchillas de afeitar desechadas; pinturreteado con lo que encontraba —cosméticos, harinas, tierra—; cuando despierto siempre la mirada fija, perdida, con un brillo desteñido y difuso, cual si la retina consistiera en un velo de sangre espesa concentrado allí por la yerba; ya una sonrisa, ya un gesto seco, pero siempre inmutable su semblante.
Un energúmeno así y Jesucristo hubiera perdido su entereza y nada habrían lamentado los porqueros gerasenos.
Pocos resistían acercársele, por lo ingrato a los sentidos de su cercanía; en muchos provocaba además cierto temor. Sólo algunos comerciantes de la zona soportaban su repelencia, le conminaban para que se regenerara y le soltaban cualquier sobrado o trago de agua, precipitadamente, acosándolo para que despejara, conjurando su imagen comercialmente indeseable... Quien era una excepción a estas actitudes trabajaba un carro en una esquina —en la cuadra de los talleres de mecánica—; ventrudo y chaparro, y con un mostacho negro, enmarañado y frondoso. Velaba por el cumplimiento del rollizo régimen mecaniquil de ley a punta de chicharrones, chunchurria, chorizos y otras carnes acompañadas de arepas, patacones, papas, tozineta... que freía indistintamente y untaba con generosa mantequilla y salsas y lonjas de queso fundidas en más mantequilla. El grasiento fritanguero y su grasienta clientela —el uno por su cocina, por sus motores los otros— carecían de los escrúpulos del resto de la vecindad y bienpagaban el jolgorio que formaban con el energúmeno proveyendo la base de su dieta de pervivencia. Sus juegos y chanzas casi nunca pasaban de la pueril acicaladura, como si fuera una muñeca, del raquítico esperpento, quien malvestíase ceremoniosamente los pintorescos harapos desechados por las hijas y esposas de aquellos, malcubriéndose con los de las primeras, enredándose entre los de las últimas; quien se pinturreaba y embadurnaba con lo que fuera que pusieran en sus manos —el betún y el pintalabios era una combinación singularmente jocunda—. No obstante, de cuando en cuando, cuando los más moderados del concurso faltaban, asímismo la alegría revestía cierta pueril crueldad; como entregarle excrementos caninos o inducirlo a particpar de algún juego peligroso, que entre peor librado le dejaba, mayor algazara levantaba.